UN PEQUEÑO MILAGRO ROJO

UN PEQUEÑO MILAGRO ROJO

Esto que les voy a contar es absolutamente real, está en ustedes en dudar de lo que escribo, también está en ustedes en creerme, sólo sé que esto que me paso hace muchos años se asemeja más a un cuento que a una anécdota…
Era muy joven y hacia poco que ejercía mi profesión, así que los clientes buenos eran bien identificados y tenía un registro de ellos y de sus actividades. Roberto era uno, un hombre mayor que por su aspecto era difícil calcular su edad, tenía anteojos, era alto y desgarbado, un aspecto de hombre absolutamente serio y de pocas palabras. Un bigote grueso lo identificaba, medio canoso y le tapaba el labio superior, anteojos de mucho aumento y ojos claros. A pesar de su aspecto osco, tenía cara de buen tipo. Durante muchos años traía a su querida mascota un gato siamés rojo (red) macho de nombre “Benito”, un Benito más de los tantos que atendí en mi vida profesional.
Benito era muy especial, en ese momento no había muchos gatos de raza y los siameses eran los más populares. Tener un siamés era tener un animal de raza y eso daba cierto estatus, pero tener un siamés rojo era raro, no había muchos y sabía que era muy poco probable que en ese momento donde las cruzas eran medios azarosas y que salga un macho red eran improbables.
Roberto era un buen propietario, era suboficial retirado del ejército, tenía mucho afecto con su mascota y era raro que no hiciera sus visitas anuales para vacunación y revisación, cualquier cosa menor él estaba en mi consultorio y siempre nos hacíamos un tiempo para hablar de cosas banales y personales. Eso hizo que llegáramos a tener casi una amistad, y un compromiso mutuo donde Benito era el nexo.
Es muy común en aquellos profesionales veterinarios que tenemos contacto con nuestros clientes de muchos años se genere un vínculo afectivo, y sabemos que en muchos ocasiones tiene un una fecha de vencimiento que generalmente coincide con el fallecimiento de la mascota. Ese momento es un sabor amargo para los dos, para el propietario la pérdida de su ser querido y para nosotros perder un buen cliente que fue fiel durante tantos años nos causa un dolor muy profundo.
Benito fue siempre sano, problemas menores, alguna rascada por pulgas, una desparasitación, alguna diarrea esporádica, pero nunca nada grave.

Un día Benito se puso mal, tal vez a la vista no parecía pero la cara de Roberto era de desesperación y estaba desencajado, el gato hacía varios días que no comía y adelgazó en unos días visiblemente, “Alejandro (me decía) Benito está mal, no sé lo que le pasa” no dijo mucho más, me entregó a Benito en mis brazos con la confianza de tantos años, y agregó “hace lo que haga falta”.
Benito ya tenía unos cuantos años 12 o 13 no recuerdo bien, recuerdo que hicimos los análisis pertinentes y rápidamente descubrimos que Benito tenía una crisis renal, irreversible y su fin estaba cerca y era irremediable.
Fue muy triste contarle la verdad a mi amigo, decirle de la situación y de las pocas posibilidades que su gato sobreviviera a esto, que esté preparado y que cuando esté en muy mal estado mi consejo era que tomáramos una decisión digna para no alargar la agonía de tan noble amigo
Roberto asintió y con estoicismo asumió rápidamente la situación, recuerdo que vino todos los días para su dosis de medicación y suero y sin muchas palabras ni diálogos entre nosotros sólo esperaba, creo yo, que me decidiera a decirle en algún momento, “bueno Roberto llegó el día “
Hasta que llegó el momento y ambos decidimos que no podíamos sostener en este estado de Benito así que de común acuerdo decidimos dar fin a este sufrimiento. Recuerdo haberle dicho una frase que siempre digo: “yo no estudie veterinaria sólo para salvar animales creo que es más importante no verlos sufrir”.
Antes de despedirnos le dije unas palabras de aliento, me acuerdo que fue muy difícil ver la imagen de una persona que parecía tan dura con un aspecto tan firme doblegarse con una mascota y no poder evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas y moqueara como un chico.
Lo que voy a contar es una breve trascripción del dialogo que tuvimos para que se entienda la situación.
“Mira Roberto yo sé que no te tengo que decir esto ahora,… justamente ahora, yo sé que tenes que vivir un duelo pero creo que como sos y como te conozco no te conviene quedarte solo, es necesario que trates en lo posible de tener una mascota nuevamente que llene el espacio vacío que te dejó Benito”
“Mira Alejandro yo sé que tenes razón y en estos días de convalecencia de Benito también lo pensé, y sé de esa necesidad, sé que voy a tener que dejar pasar un tiempo, pero hoy solamente podría tener algo igual a Benito, no me preguntes porque pero es una necesidad, es la única manera que tendría un gato en este momento, tendría que ser hasta del mismo color”
Lo que me dijo lo dijo con convicción, y como lo conocía sabía que esa era palabra santa, donde no cabía, mucha discusión. Respeté sus palabras le di un abrazo y cuando nos disponíamos a despedirnos, ya más calmados y sin lágrimas,…sonó el timbre. Le pedí permiso para atender y observé que había un muchacho joven de unos 20 años en la ventana (tengo ventana a la calle), me resultó extraño que no quisiera entrar por la puerta. Estaba ahí mirándome con una frazada entre los brazos. Abrí la ventana por seguridad y no le abrí la puerta; le pregunté “Hola, que se te ofrece”? “oiga Don me dijo, no quiere comprar un gatito”? Siempre me traen gatitos que encuentran en la calle y este era otro más seguramente, lo peor es que este caradura encima me lo que quería vender” por no ser descortés le dije “haber que tenes” destapó la frazada y ante mi absoluta sorpresa se asomó la cara de un gatito de unos dos meses siamés “absolutamente rojo”.
Quedé muy consternado casi sin palabras, no dije más nada y le pedí al muchacho que pasara y tomara asiento.
Giré sobre mí mismo y lo fui a buscar a Roberto, que aun moqueaba y tenía su mano derecha sobre el lomo de su querido Benito.
Lo miré a los ojos y sólo le dije “Roberto vení” lo agarré del brazo y lo llevé a la sala de espera. Le dije al chico “abrí la frazada” y apareció es cachorro con esa cara de pícaro y lo miró a la cara fijamente, Roberto giró y me miró, los dos quedamos boquiabiertos. Las miradas se cruzaron casi por un tiempo indescriptible, cuando volvió a mirar al gato y se agacho a agarrarlo no pude aguantar la emoción y me volví al consultorio. Era una decisión de él pero ya sabía el fin, era obvio como transcurría la cosa y como iba a terminar esto. Me quedé pensando sobre la situación, ¿qué fue esto? …Casualidad,… el destino,… un pequeño milagro… como puede ser que después de 30 años de clínico , nunca más me ofrecieran un gato así por la ventana y nunca más vi un gato siamés red que llegara a mi clínica de esa manera ni de otra. Que fue ¿un pequeño milagro?.

Sentí de golpe que la puerta que se cerró, fue un instante de emoción, pero no sé porque sabía la imagen que iba a ver. Apareció Roberto en el consultorio con su nuevo gato en brazos y el muy atorrante ya se fregaba sobre el pecho de su nuevo dueño.
Me miró y me dijo solamente, “¿vos podes creer esto?” le dije que no, pero lo que recuerdo es que no hablamos mucho, los dos nos dimos cuenta que vivimos un hecho de esos que tiene poca explicación. Creo que en el fondo estábamos asustados por lo que habíamos vivido y si hay un Dios en ese momento actuó sin lugar a dudas.
Cuando superamos esos minutos de asombro, me dijo con una gran sonrisa, “me parece que lo tenemos que vacunar” no pude más que sonreír e ir a buscar las vacunas, pero fue una sonrisa con un nudo en la garganta.
Por supuesto se reinició un ciclo, después Roberto se mudó y perdí el rastro de los dos, pero lo que sucedió estoy seguro que no fue de casualidad.
Nunca conté esto, porque parece tan fantástico, que suena a cuento, aunque en realidad lo es y es tan fantástico que se hace poco creíble. Pero fue así.
Cuando uno trabaja de veterinario, suele ver algunos milagros, pero a veces lo llamamos suerte.
La historia de Benito y Roberto sin embargo, son las que atesoro como las vivencias que me hicieron y me hacen feliz aun, en mi profesión.

Dr. Alejandro Paludi
Especialista Titulado en medicina Felina UN
Docente UBA (Fauna)
Docente tutor de la UNCEN
Jefe del dep. de medicina felina de la UNL Pampa (docente adscripto)
Autor de los libros de medicina felina práctica uno, dos.